Joe era el jefe. Lo había ganado a sangre y fuego. Jefe por derecho propio. Al mando de los Black Souls controlaba las calles de media ciudad.

Su navaja era la envidia de todos. La mejor. Una navaja suiza multiusos de última generación. La más cara y poderosa del mercado. Gracias a ella era invencible.

Cuando blandía su arma todos los enemigos huían despavoridos y los amigos apartaban la mirada con aprensión.

Excepto los White Delusion. Tom, su jefe, estaba loco y no temía a nada. Eran una banda con poco poder, pero los únicos con valentía suficiente para plantar cara a Joe y los suyos.

Llegó el día del enfrentamiento. Cara a cara. Una vieja pista de baloncesto sin canastas. Era terreno neutral y sólo la utilizaban en los enfrentamientos a muerte.

Joe desenvainó su enorme navaja multiusos. Hubo murmullos de admiración y terror. Pero Tom no se amilanó. Se acercó a Joe, cambió su navaja de mano. Se estudiaron unos segundos, girando uno alrededor de otro. Pero Tom, el loco, no tenía paciencia y atacó antes de Tiempo. Joe esperaba este golpe. Lo esquivó facilmente y se lanzó contra el costado desprotegido, directo al corazón. Atacó con todas sus fuerzas, sin cubrirse, sabiendo que desde esa posición su golpe era imparable y que Tom ya estaba muerto. Golpeo en su blanco. Con facilidad. Los Black Souls rugieron con fervor. Pero Tom no cayó. Joe se extraño y miró su navaja, mientras Tom le acuchillaba en la garganta. Mientras Joe caía se dió cuenta de su error. Había golpeado con la cuchara de postres de la navaja. “Maldita navaja Suiza”. Esas fueron sus últimas palabras. Las que aún se pueden leer en su epitafio.

Moraleja: Barrio megapijo a las afueras de Madrid.