Un cuento de aventuras. Disfrutadlo.
Algas y Sal. Infierno de humedad y silencio. El pescado comienzan a oler. Mala señal. De repente, una ligera brisa mueve las velas, pero no lo suficiente. No sé como vamos a salir de aquí. El loro repite una vez más su letanía “pescado muerto, pescado crudo”. Le miramos con odio y rabia, como si fuera el culpable de todo. Silencio tenso. No se cuanto tiempo llevamos allí. Demasiado, en cualquier caso. Más silencio. Más tiempo. Al fin, uno de los hombres habla. Es anciano, probablemente nacido en Japón, lleva aquí mucho más tiempo que los demás y su sóla presencia impone respeto. Y confianza. Nunca antes nos había hablado. Prestamos atención:”Escuchad. Es muy importante que entendais esto.” Su voz es potente y apaga las velas cercanas.” No saldreis de aquí hasta que paguéis las raciones de sushi que ha robado el loro de la cocina. Son 850 euros”. Maldito pajarraco. Es la última vez que le llevo a un restaurante japonés. Por mucho que me lo pida. Lo juro.
Moraleja. Barrio pijo, cercano a Madrid.
Abril 24, 2007 at 6:57 pm
No había vuelto a pisar el restaurante del Shishi desde el día de la bromita del loro, ni pensaba hacerlo. Pero aquel día el jefe me llamó a su despacho. Me ofreció un güisqui (que rechacé) y me felicitó por mi trayectoria. Tan contento estaba con mi trabajo que había pensado en ascenderme al puesto de Fernández, que se jubila este año. No quiso entrar en detalles y me citó para cenar en el restaurante de la esquina, aquel donde el pidón del loro del jefe se pidió la carta de pescados, aquel donde el dueño nos quería hacer pagar una cuenta astronómica, aquel donde pasé más vergüenza que había pasado en todos los días de mi vida, aquel donde juré no volver hasta que Hacienda seamos todos y yo el primero. Pero volví, porque allí me había citado el jefe y el jefe es el jefe y un ascenso es un ascenso. Como no quería entrar solo (tanta vergüenza me daba aún), agurdé en la cafetería de la esquina hasta que vi que el jefe se bajaba del coche; me apresuré y, haciéndome el encontradizo, nos juntamos en la puerta. Pasamos al reservado de los mejores clientes. El dueño, ni una palabra; solamente una risita que a mí me pareció finjida tras el saludo de rigor. Nos sirvieron los aperitivos. Ningún comentario. El jefe lo habitual: que si el gobierno, que si el calor que hace en la calle, (afortunadamente hoy funcionaba el aire acondicionado), que si tal y que si cual. Cuando llegó el pescado el jefe sacó lo de mi ascenso. El dueño nos sirvió personalmente con una sonrisa más finjida aún que antes. Oir hablar a su jefe me recordaba a su loro, aquel que nos trajimos a cenar en la despedida de soltero de Gutiérrez, aquel que se lió a pedir por su cuenta y aquel que Zabaleta, el contable, dejó en prenda al dueño del restaurante para que fregara los platos. Aquel día Zabaleta iba pasado de cubatas y nosotros también; por eso nos pusimos chulos con el japonés, que estuvo a punto de llamar a la policía y se quedó con el loro por no mostar un escándalo. El jefe me decía que esperaba mucho de mí, que el trabajo era de gran responsabilidad, que si esto, que si lo otro. Una espinita se clavó en mi muela. La saqué con toda la urbanidad que pude y mientras el jefe me explicaba mi sueldo un vómito sobre su americana dio al traste con mi ascenso. Pero yo sabía que el pescado no tiene huesos.
Abril 24, 2007 at 7:04 pm
No había vuelto a pisar el restaurante del Shushi desde el día de la bromita del loro, ni pensaba hacerlo. Pero aquel día el jefe me llamó a su despacho. Me ofreció un güisqui (que rechacé) y me felicitó por mi trayectoria. Tan contento decía estar con mi trabajo que había pensado en ascenderme al puesto de Fernández, el gerente, que se jubila este año. No quiso entrar en detalles y me citó para cenar en el restaurante de la esquina, aquel donde el pidón del loro del jefe se pidió para él solito la carta de pescados, aquel donde el dueño nos quería hacer pagar una cuenta astronómica, aquel donde pasé más vergüenza que había pasado en todos los días de mi vida, aquel donde juré no volver hasta que Hacienda seamos todos y yo el primero. Pero volví, porque allí me había citado el jefe y el jefe es el jefe y un ascenso es un ascenso. Como no quería entrar solo (tanta vergüenza me daba aún), agurdé en la cafetería de la esquina hasta que vi que el jefe se bajaba del coche; me apresuré y, haciéndome el encontradizo, nos juntamos en la puerta. Pasamos al reservado de los mejores clientes. El dueño, ni una palabra; solamente una risita que a mí me pareció fingida tras el saludo de rigor. Nos sirvieron los aperitivos. Ningún comentario. El jefe sobre lo habitual: que si el gobierno, que si el calor que hace en la calle, (afortunadamente hoy funcionaba el aire acondicionado), que si tal y que si cual. Cuando llegó el pescado el jefe sacó a relucir lo de mi ascenso. El dueño nos sirvió personalmente con una sonrisa más fingida aún que antes. La voz monótona de mi jefe me recordaba (no podía evitarlo) a su loro, aquel que nos trajimos a cenar en la despedida de soltero de Gutiérrez, aquel que se lió a pedir por su cuenta, aquel que dijimos que se había escapado por la ventana y aquel que Zabaleta, el contable, dejó en prenda al dueño del restaurante “para que fregara los platos”. Aquel día Zabaleta iba pasado de cubatas y nosotros también; por eso nos pusimos chulos con el japonés, que estuvo a punto de llamar a la policía y si no lo hizo y se quedó con el loro fue por no montar un escándalo. El jefe me decía que esperaba mucho de mí, que el trabajo era de gran responsabilidad, que si esto, que si lo otro. Una espinita de pescado se clavó en mi muela. La saqué con toda la urbanidad que pude y mientras el jefe me explicaba mi sueldo un vómito irrefrenable sobre su americana de lino dio al traste con mi ascenso. Pero yo sabía que el pescado no tiene huesos.